Recupero esta entrevista que me hicieron en Corresponsables porque, aunque con algunos matices, sigue recogiendo bien mi sentir sobre la importancia estratégica de comunicar en materia de Sostenibilidad, RSC, ESG (o como gustes llamarlo).
Con frecuencia, entono el mea culpa. Y me pregunto qué hemos hecho mal o qué no hemos hecho para que determinadas facciones sociales, políticas y económicas, cuando algo suena a sostenibilidad, Agenda 2030 (o lo que sea), sigan negando la mayor, como si, de verdad, situar a las personas y al planeta en el centro de toda acción fuera perjudicial.
Después de mucho pensarlo, de ofrecer muchísimas charlas y disertaciones y de escuchar a tantos y tantos stakeholders (o grupos de interés), me he dado cuenta de que, en el fondo (o no tan fondo) de la cuestión, subyace una apropiación (y expropiación) ideológica que (nos) ha llevado a usar la sostenibilidad como arma arrojadiza y elemento de confrontación política.
También es verdad que, en estos años, he visto cometer verdaderas tropelías en materia de comunicación.
Desde las organizaciones que han convertido el relato sostenible en uno de sus más importantes reclamos de (in)conciencia ecológica, hasta los «vendehúmos» —literal— que verdean sus políticas con argumentos greenwashing, hasta las organizaciones que, temiendo ser situadas en el punto de mira, han optado por el «silencio ecológico» (greenhushing).
He visto a quienes, con verdadera vocación sostenible, se han visto condenados a tirar la toalla ante un cada vez más caótico e indefinido marco regulatorio.
Y a quienes, sencillamente, han dejado de creer.
He visto a quienes en este (des)orden mundial se sonrojan cuando se nombra a las Naciones Unidas. Y a quienes, en este desconcierto, sencillamente se frotan las manos.
Desde 2005, cuando recibí mi primer encargo para impulsar políticas de gestión basadas en RSC y sistemas de reporting en CajaGRANADA, como en el día de la marmota, he visto cometer idénticos errores.
Y aunque ahora, que en estas lides, creo peinar ya alguna cana, sigo sin tener verdades absolutas, creo que todo se solucionaría en algo que para mí es simple, y que bien se podría resumir en algo simple: hacer lo que se dice. Y decir lo que se hace. Ni más ni menos.
Eso sí, si queremos seguir sin desfallecer en materia de comunicación y sostenibilidad, no todo vale. Hay que confiar en quienes están (o estamos) preparados para asesorar, planificar, crear, implementar, medir y comunicar.
Así, y solo así, tal vez volvamos a recuperar la calma y la vocación para seguir haciendo de este mundo un lugar mejor, en el que cada quien encuentre su lugar. Aunque hoy, en tiempos de beligerancia y (des)orden mundial, todo esto suene a canto de sirena.
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