10 Sep Once minutos
Amanece. Es 10 de septiembre del año 2025. En el mundo, se celebra el día internacional para la prevención del suicidio. Para mí, que tengo la fortuna de amar nacer, podría ser un amanecer como el de un día cualquiera, pero reconozco que mi sentir hoy es de una extraordinaria complejidad emocional. Ya sea porque puedo ponerme en la piel de las 3.846 personas que, en 2024, decidieron poner fin a sus días; o porque, como superviviente, siento aún el profundo desgarro de tan devastadora decisión. Y tras una larga vida en silencio, he decidido poner fin a mi tabú y hablar. Porque hablar de suicidio ayuda a prevenir.

Empecé a hablar públicamente como superviviente hace apenas un año. Y lo hice de la mano de UBUNTU, la Asociación Andaluza de Supervivientes por la pérdida de un ser querido por suicidio. Fíjense. Para mí, fue una sorpresa saber que nos llamaban «supervivientes»; que no «sobrevivientes». Porque, más allá de las cuestiones léxicas, «sobreviviente» es quien, por decirlo de alguna manera, sobrevive a su propio impulso suicida.
«Supervivientes», sin embargo, somos quienes nos enfrentamos a la realidad de la pérdida. Y hemos de bregar con la vida para sobrevivir con un profundo lastre emocional y psicológico. Con una terrible carga adicional relacionada con el estigma social. Sí. El estigma social. Tenemos que reconstruir (en el mejor de los casos) una nueva identidad condicionada por la pérdida, el rechazo y el abandono. Somos personas que nos enfrentamos a duelos de complejísimas elaboraciones que, de no ser abordados, nos condenarán a un terrible círculo vicioso, en el que habremos de enfrentarnos a nuestros propios impulsos suicidas (lo que nos convertiría también en sobrevivientes), al desarraigo, al desarrollo de conductas compulsivas, adictivas, trastornos de la personalidad, enfermedad mental… Y permítanme que me detenga aquí porque sería un no parar.
Durante demasiado tiempo, nos han condenado a no hablar del suicidio. Como si no hablando, pudiésemos acabar con esta lacra. Y no. No es así. Porque hablar del suicidio ayudar a salvar vidas. Y es que el suicidio, por si no lo saben, es la primera causa de «muerte externa» o, lo que es lo mismo, la primera causa de muerte «no natural». Según datos recientes del Instituto Nacional de Estadística, la muerte por suicidio se produce con más frecuencia que las caídas accidentales o los ahogamientos. Y más frecuentes que los accidentes de tráfico. Sí. Han leído bien. Más frecuentes que todas las circunstancias «externas» que acabo de enumerar: accidentes por caída o accidentes de tráfico o ahogamiento.

Para que se hagan a la idea de la gravedad y la magnitud de lo que hablamos, cada once minutos, una persona decide poner fin a sus días y abandonar la vida. Con frecuencia, me planteo qué arrolladores e intrusivos pensamientos y emociones llevan a una persona a la autodestrucción. Qué terrible experiencia de sufrimiento golpea al punto de acabar con el -a priori- más natural de los instintos, el de supervivencia. Y siempre alcanzo la misma conclusión. Quienes deciden suicidarse, seguramente no quieran morir y lo que quieran, en realidad, es poner fin a su sufrimiento.
¿Qué estamos haciendo como sociedad para que una persona en cualquier lugar del mundo decida acabar con su vida cada once minutos? ¿Cuáles son las desgarradoras fisuras de un sistema que, a todas luces, está siendo incapaz de proveer soluciones a estas personas?
Escribo estas líneas con los ojos empañados en lágrimas y las manos temblorosas. Haciéndome cargo del terrible dolor al que se enfrentan. Al terrible silencio. A la terrible desesperanza… Y a sus eternas noches del alma.
Escribo, a la vez, estas líneas como la superviviente que, si me permiten la expresión, desde su más tierna adolescencia , como Atlas -el titán- siente sobre sus hombros el peso de una bóveda celestial más y más pesada de tantas almas que acoge.
Ayúdennos, por favor, a cambiar la narrativa. Ayúdennos a escribir otro guion. El que, como me gusta decir, convierte la locura en lo–cura. Ayúdennos, por favor, a sembrar esperanza. Ayúdennos a acabar con este día, con el 10 de septiembre. Ayúdennos a escribir otro final. Ayúdennos, tal y como nos propone el Teléfono de la Esperanza, a recuperar las infinitas razones para seguir construyendo («tu») vida.
Me pregunto si no será la creación de una renovada esperanza y de las ganas de vivir, la verdadera revolución que anhela la humanidad.
PERMÍTEME QUE ME DIRIJA AHORA A TI, QUE TAL VEZ, EN ESTE MOMENTO, NO ENCUENTRAS MOTIVOS PARA VIVIR:
Si sientes que no puedes más, que tu vida no tiene sentido y que la desesperanza se ha apoderado de tu estado de ánimo, por favor, pide ayuda.
No estás solo. No estás sola.
Para. Toma un respiro. Y por mucho que creas que no podrás soportar más, recuerda que «este momento también pasará».
Marca el 024. Es la línea de atención a la conducta suicida.
Habla con el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717
Llama a un familiar o un amigo/a y cuéntale cómo te sientes.
Pide ayuda. Busca atención especializada.
No estás solo. No estás sola.