10 Dic Piel muda, mi más íntima desnudez
Aunque he tardado en darme cuenta, «Piel muda» está en mí, desde el mismo momento de mi alumbramiento. Desde el momento exacto en que mi alma abrió los ojos al mundo en una inspiración, con la que no he vuelto a (re)encontrarme hasta hace relativamente poco.
Inspiración.
La que, en todos sus sentidos, me conecta y me devuelve a la vida. La misma vida que he necesitado para hallar(me) (en) las palabras que rompen el silencio que impregnó mi piel. Palabras también para este pulso con la vida con el que vibro desde entonces.
«Piel muda» es, si me lo permitís, algo más que un poemario. Son versos paradójicos de pura y tibia desnudez. Es, si acaso, el (pre)texto que necesitaba para volver a adentrarme en mis entrañas y en las entrañas de la vida.
Necesitaba poner voz a mucho de lo que he vivido. A mucho de lo que he sobrevivido. A mucho de lo que en algún momento asfixió mi voz y mi aliento. Poner voz a todo aquello que me hizo enmudecer.
El resultado de esta necesidad se traduce sorprendentemente no solo en una voz. Ni en el puñado de versos preñados que me encontraron. Ni solo en un poema. Ni en un «quejío».
No solo en un (re)encuentro con la vida.
Sino en un acto de valentía y coraje para poner palabras a lo que, durante toda una vida, me arrastró al silencio y me arrojó al ostracismo y al enmudecimiento.
«Piel muda» es un acto (in)egoísta en el que seguramente me (re)escribo a mí y me desnudo contigo.
Es un viaje que me ha devuelto imágenes de un «Tiempo fractal». De un tiempo, al que, con mucha humildad y no sin cierto temor, me asomo para rescatar(me) de los muchos golpes que me asestó la vida. Y por qué no decirlo. Para insuflar aliento e inspiración a la niña, a la adolescente y a la adulta que quedaron atrapadas en algún lugar de la memoria. Y, a veces, del olvido.
Mirar por esa rendija del tiempo -y he aquí la paradoja- me ha ayudado a mudar la piel y a darme un buen baño de vida. Qué habría sido de mí, me pregunto, si no hubiese mudado la piel hasta convertirme en esta persona que alza hoy su voz y su pluma para hablar sin miedo sobre sus experiencias traumáticas; sobre sus temores; sobre sus anhelos; sobre todo aquello de lo que, si acaso, me pasé toda una vida huyendo…
Estas páginas son el fruto de mi silencio. De mis silencios. De la contemplación en busca de Verdad(es). Es fruto de la introspección y del coraje de quien, un día, decidió invitar al Verbo a re-crearse en «Piel muda».
Es un anhelo profundo y nostálgico para ayudar a poner voz a quien, como yo, un día se sintió profundamente desolada y abandonada en una vida, a todas luces (y sombras) inabarcable e ingobernable.
Es una invitación a vivir cada instante como si fuera el último.
Y el primero.
Y el único.
Una invitación a colmar de presente cada experiencia. Y a tomar, quizá, ese «Último vagón». Es una liturgia sagrada en la que abrirse al propio dolor y al dolor ajeno se convierte, si acaso, en «Versos de resistencia». Es «Ausencia». Y «Ocaso». Son (las) «Cosas que te contaría». Y es, ante todo y sobre todo, el hallazgo del «Sol naciente».
O lo que es lo mismo. La celebración de la vida por un instante.
Y un solo instante a la vez.
Un libro, editado por Olé Libros, en el que nuevamente me acompañan el periodista y escritor Juan Vellido; la también periodista Carmen Viejo Heredero; Gina Bravo, e la foto de solapa y Chema Lajarín, con una conmovedora imagen de portada y unas ilustraciones sorprendentes que elevan a otra dimensión mi poesía.