03 Oct Conversaciones con (c)alma, con Juan Vellido y Francisco Acuyo
Amor y duelo
He tenido el inmenso privilegio de charlar, una vez más, con mi amigo, mentor y maestro, el periodista, escritor y poeta Juan Vellido; y con el también poeta, escritor e investigador Francisco Acuyo.
Charlamos con calma y con alma, con motivo del primer certamen internacional de relatos y duelo, convocado por el Teléfono de la Esperanza de Granada, Editorial Entorno Gráfico y Editorial Tleo.
Un novedoso certamen de carácter internacional, que tiene por objeto reunir en un libro las mejores narraciones que sobre el proceso del duelo se hagan acreedoras -a juicio de un jurado formado por especialistas, profesores y autores de reconocido prestigio- de ser editadas en un volumen que estará a cargo de los sellos granadinos Editorial Entorno Gráfico y Editorial Tleo.

Con motivo de esta inspiradora charla, permítame compartir unas reflexiones
sobre el duelo, que etimológicamente, alude a dos realidades conceptuales, que, en algún momento, el de la pérdida del ser querido, se entrelazan.
Miren.
En la primera de sus formas:
- «Duelo», del latín duellum, se refiere al “enfrentamiento entre dos personas”.
A la vez, en su segunda acepción, también del latín, aunque tardío, dolus
- «Duelo» (luto), que, como “luto”, alude al dolor, lástima, aflicción o sentimiento.
O lo que es lo mismo, al dolor ante la pérdida. Ante la pérdida de cualquier cosa, situación o persona que amamos y de la que no nos queremos desprender.
En la vida, transitamos infinitos duelos. Unos más grandes que otros. Pero duelos, al fin y al cabo. Dolerse, para quien escribe estas líneas, significa negar, “patalear” y enfrentarse también a la terrible frustración por la pérdida.
Dolerse, pues, es dejar que el dolor nos atraviese.
Del mismo modo en que, en nuestro día a día, nos enfrentamos a pequeños y grandes duelos, la vida misma es un ejemplo constante de vida y muerte.
La vida que surge de una inhalación. Y la rendición que surge en cada exhalación. La vida que, como flor de loto, se abre paso cada día al amanecer. Y que, al caer el sol, se deja morir.
La vida que florece en títulos como “Luna de abril” y que es, en realidad, la semilla de este certamen internacional. Y es que, a su paso por el taller de duelo del Teléfono de la Esperanza de Granada, tras la pérdida de su amada esposa, María Jesús de Sande, Vellido comenzó a derramarse en un folio en blanco. Primero, por indicación de la psicóloga, Cristina Morales. Luego, como un lugar seguro, un refugio… Y como él, sus compañeros y compañeras del taller, que, en gesto de valiente y amable despedida, conformaron lo que es hoy “Siete lunas”. Un libro que, en su segunda edición, ha reunido a otras firmas como la de Francisco Acuyo o la de servidora.
Nos dolemos por la pérdida de lo que amamos, fue una de las conclusiones de esta conversación con (c)alma.
Pero, ¿saben?
Hay algo que ni siquiera la muerte puede llevarse: el amor. El amor que vive y perdura, incluso, en el dolor. Porque el duelo es el dolor del amor. La herida del vínculo. Del dolor ante la ruptura del vínculo. Porque la muerte no solo se lleva a la persona. Se lleva también lo que la persona significa para nosotros.
Amar, como aprendí del psicólogo Roberto Álvarez, es invertir en el duelo.
Y, ante esta certeza, solo tenemos dos opciones:
- Amar, aunque duela por la ruptura del vínculo y la pérdida.
- O no amar. Y no amar enferma.
Quienes afirman que el amor no es lo único, tienen razón. Porque no es que no sea lo único. Es que el amor lo es todo.
Miren.
Ustedes y yo somos Verbo. Somos palabra. Tolo lo que sentimos y vivenciamos está atravesado por la palabra.
Como escribía W. Shakespeare, en Macbeth:
“Dad palabras al dolor. La desgracia que no habla, murmura en el fondo del corazón, que no puede más, hasta que lo quiebra».
O lo que es lo mismo: el corazón que no pone palabras al dolor gime hasta romperse.
Si no pudisteis disfrutar de esta maravillosa conversación con (c)alma y en directo, puedes hacerlo ahora en mi canal de YouTube.