Aceptar o no aceptar, he ahí la cuestión

De corazón, a veces, dudo sobre el verdadero significado de la «aceptación». Con humildad, reconozco que, en ocasiones, el de la aceptación es un camino incómodo.  Muy incómodo. Que no es siempre el que más me gusta (ni a mí ni a quienes me rodean). Desde el silencio y con (c)alma, vislumbro, abrazo y acojo esta inconfortabilidad que, desde hace un tiempo, siento; y me animo a escribir estas líneas, aceptando que, por mucho que crea haber recorrido ya un camino, la vida sigue doliendo. Porque, sí, vivir duele.

De un tiempo a esta parte, me afano en aceptar -y me van a permitir la redundancia- que, en ocasiones, la aceptación conlleva un extraordinario y paradójico dolor. Al menos a mí, que un día, me comprometí con mi serenidad. Y, aunque no siempre soy a fiel a mis compromisos, me juré y perjuré que podría negociar con muchas cosas y aspectos de mi vida, excepto con la serenidad. Porque ¿saben? Es que, aunque se me olvide, me va la vida en ello. En cultivar mi serenidad y aceptar que en la vida, como en todo, hay un sinfín de cosas, situaciones, comportamientos y voluntades que, en absoluto, dependen de mí.

Aceptar implica responsabilizarse de la propia vida. Mirar frente a frente, aunque duela. Aceptar implica acción y compromiso con esa serenidad mía con la que no estoy dispuesta a negociar. Aceptar significa darse cuenta de que cada quien, con su grado de conciencia y sus recursos, es como es. Aceptar significa renunciar a aspirar a cambiar nada de aquello -y lamento decirlo- que no se puede cambiar.

¿Qué no puede cambiar alguien como yo?

Pues miren, tras golpearme un millón de veces en el mismo cristal, como una mosca desperdigada, me he dado cuenta de que, por poner un ejemplo, aunque duela, no depende de mí, el comportamiento ni la actitud de determinadas personas. Como no depende de mí que llueva, truene o relampaguee. ¿Qué puedo hacer yo si llueve, truena o relampaguea? Aceptar la situación y ponerme a buen recaudo. 

Y sí, es lo único que puedo hacer. Y aceptar que, aunque no sean las personas o las situaciones en sí mismas, sino algunos de sus comportamientos los que están impactando en mí y en mi forma de estar en el mundo, en determinados momentos, lo único que puedo hacer, como cuando llueve, truena o relampaguea, es protegerme y ponerme a buen recaudo.

En estos tiempos de «buenismo» y de imperante «happycracia», con facilidad e ingenuidad, se confunde la resignación con la aceptación.

Y se cae en aquella visión un tanto simplista y bastante  desvirtualizada de «no te lo tomes a mal», «no te lo lleves a lo personal» o aquello tan demoledor de «si te duele, es tu problema; tú decides cómo te relacionas con tu dolor». Y esto que, me consta, parte de buenísimas intenciones, puede llegar a convertirse en un arma de destrucción letal. Porque, sin que suene a derrotismo, sino todo lo contrario, aceptar es un verbo; es acción; es un canto a la vida y una oda al verdadero amor y a la compasión que, sin duda, empieza por un@ mism@.

Miren.

Ni Mindfulness ni la práctica meditativa ni vivir con consciencia nos invitan a someternos a situaciones donde no hay buen trato. Al contrario, nos invitan a darnos cuenta de los agravios y a ponernos en acción. ¿Con qué fin? Impregnarnos de amor. Sí. De amor. Y también de  amor propio. O del propio amor. Porque, si en nombre del amor y de la presencia, permitimos la falta de buen trato, la beligerancia y la falta de respeto, podremos llamarlo como queramos, pero no es amor. La aceptación nos invita a romper con la cadena de la(s) dependencia(s) y de las codependencias (que suelen estar, por cierto, en el origen del problema).

Hay un sinfín de creencias heredadas e inconscientes, de juicios y pensamientos automáticos que determinan la forma en que nos resignamos con determinadas situaciones y personas. Que se adueñan de nuestro día a día. Y que merman, sin que nos demos cuenta, nuestro propio estado de ánimo.

Aceptar, para mí, implica acción.  Verdadera acción. Y límites. Amorosamente firmes. Pero límites. Y la determinación para atreverse a romper las cadenas de la (auto)complacencia y la resignación, porque, como dice, mi amiga y profesora, Carmen Viejo -Ahimsa-, las complicaciones surgen del miedo. Del miedo al rechazo, al abandono o qué sé yo… Y, como en una fórmula matemática, lo sencillo es bello. Si no es bello es que no es sencillo. La ecuación de la serenidad se resuelve con un principio básico de aceptación. Así -y solo así-  la aceptación, como la serenidad, se convierten en la máxima expresión  de esa belleza que, desde el silencio y con (c)alma, a veces, también contemplo.


Un artículo Con (c)alma, de Raquel Paiz

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